El espectáculo del poder y el peligro: Kanye West, Madison Square Garden, 5 de septiembre

 

Mientras vamos caminando hacia nuestros asientos, superada la marea de asistentes que se había agolpado en los portones, lo notamos: encima de la cancha de basquet (es el Madison Square Garden) hay una enorme estructura que sostiene centenares de lámparas y se pondrá, no bien comience el show, a moverse y descender, manipulada por los seis o siete operadores que esperan el momento en sus balcones o sus jaulas, inclinados sobre sus computadoras. La impresión de ingresar en una nave (náutica, espacial) es reforzada por el bajo profundo de un drone, una masa ominosa y variable de sonido que hace que el cemento del edificio tiemble, impregnado de un poder intruso. De repente, el sonido se detiene. Allá abajo, dispersos en la cancha, los fans más entusiastas gritan creyendo que el show, tan pronto, va a empezar. Pero no es la hora todavía: el drone es reemplazado por voces tenues y angélicas (las mismas que un par de días más tarde acompañaran a los modelos que muestran la colección de moda que este año el cantante ha diseñado para Adidas), y máquinas de humo se activan alrededor de una plataforma colgante de metal, una suerte de columpio gigantesco, que vemos a un extremo del estadio. La plataforma se suspende a unos cinco metros de altura. A un costado del sitio donde nos toca sentarnos está el sector VIP. Una fila de celebridades (las fotografiamos) aparece, subiendo las escaleras, rodeados de guardias; van charlando de a dos, y pronto ocupan, muy erguidos, sus lugares. Es el signo. Todas las luces del estadio se apagan (pero están las luces minúsculas de los miles de pantallas).

 

Cuando las lámparas vuelven a encenderse, Kanye West está montado ya en su plataforma y la grabación que lo acompañará durante el show de punta a punta (no hay silencios, no hay discursos casuales) se dispara. La plataforma comienza a deslizarse por encima de los fans que levantan los brazos como si pudieran alcanzarla y forman espontáneos torbellinos sobre el parquet. Los reflectores que cuelgan de la parte inferior de la plataforma los alumbran, de modo que la escena es más de discoteca que de sala de concierto. Kanye va pasando por enfrente de nosotros. Arenga y posa. Está solo. Toda la noche solo. No hay banda ni orquesta: canta (a veces habla) sobre pistas pregrabadas. Es cierto que en un balcón remoto unas luces nos dejan entrever algunos individuos que realizan maniobras opacas para aquellos que estamos donde estoy, pero que no es imposible que produzcan resultados sonoros (¿eso es un teclado? ¿es un micrófono?). Y Kanye despliega su gran drama, que involucra a sus niggas, sus bitches, sus enemigos, las mercancías que concibe, los planes que proyecta hacia su espléndido futuro, mientras su vehículo y su púlpito sigue desplazándose. Es el espectáculo del poder y del peligro. Es alarmante, tanto como el descenso de la parrilla de luces del techo (pronto tocará casi las cabezas de los celebrantes) y la inclinación repentina de la plataforma flotante: tememos que Kanye se resbale y se caiga. Pero notamos que está amarrado por un cable a un gancho clavado en el centro puntual de su tarima. Quisiera llegar hasta el borde y arrojarse, pero el alambre, el cable, la cadena lo retiene, de manera que tenemos la impresión de que fuera un animal capturado, la pata metida en una trampa, el cuello en un lazo, y esto redobla la ambigüedad de la escena que se ha armado, y no sabemos del todo bien quién es el esclavo y quién el amo, si la multitud cede a las maniobras a veces algo arteras de su líder, o el cantante es el esclavo que debe trabajar con energía brutal para suscitar esas aclamaciones que tienen lugar en la presencia del tribunal último: el austero, calmo grupo que, muy cerca de nosotros, ocupa el sector VIP, chequeando sus teléfonos y fumando grandes porros. Entre ellos, me dice un extraño (chequeando su teléfono) está su mujer, la de Kanye, Kim Kardashian. Trato de descubrirla. Pero ya han pasado casi dos horas, y el grupo (sus niggas, sus bitches), respondiendo a una llamada que solo los insiders son capaces de escuchar, se pone en movimiento: ya han visto suficiente. Es la hora de salir. Yo los sigo, y voy saliendo solo por la escaleras, los pasillos, los puestos de souvenirs, los portones, pensando, tal vez ilusoriamente, que, gracias a esta exhibición de la potencia y el capricho, esta mezcla de melodrama y comedia, esta performance extraordinariamente rigurosa y curiosamente infantil, comprendo un poco más que hace dos horas la razón del objeto mayor de nuestros miedos: la atracción del increíble candidato Donald Trump.

Publicado en Otra parte semanal (http://revistaotraparte.com/semanal/)

 

The Men from Russia / Los hombres de Rusia

A text, sound and image piece made in collaboration with Isabelle Vigier for Unsounds / Una pieza de texto, sonido e imagen hecha en colaboración con Isabelle Vigier para Unsounds:

The Men From Russia

Sigmar Polke, Eine Winterreise

Una breve reseña de cierta muestra de Sigmar Polke que acaba de salir en Otra parte semanal (http://revistaotraparte.com/semanal/)

Hay una muestra de Sigmar Polke en Nueva York en estos días. Es una pequeña retrospectiva de pinturas montada en cuatro vastas salas de la galería David Zwirner (en esta ciudad cada vez es más tenue la diferencia entre museos y galerías). Le han dado el título de Winterreise, y las pinturas pertenecen, casi todas ellas, a la fase más fuerte de la carrera del pintor: entre los años ochenta y los noventa. La muestra, extraordinaria, me hizo pensar una cosa: que Polke era el gran artista de los estados hipnagógicos, las transiciones entre la vigilia y el sueño. En todo caso, de estos estados tal como los describía Vladimir Nabokov en su autobiografía Habla, memoria.

“Justo antes de quedarme dormido —escribía Nabokov—, a veces soy consciente de una conversación unilateral que sucede en una sección contigua de mi mente, de manera bastante independiente de la tendencia de mis pensamientos. Es una voz neutral, distanciada, anónima, que descubro pronunciando palabras que no tienen ninguna importancia para mí: una frase en inglés o ruso, que ni siquiera me está dirigida, y tan trivial que no merece que la repita, así no estropeo su llaneza con un montículo de significación. Este inocente fenómeno parece ser la contrapartida auditiva de ciertas visiones que preceden al momento en que nos quedamos dormidos, que también conozco muy bien […]. Van y vienen, sin la participación del atontado observador, pero son esencialmente diferentes de las imágenes de los sueños, porque aquel todavía es dueño de sus sentidos. Muchas veces son grotescas. Me acosan perfiles canallescos o enanos floridos, de rasgos burdos, con narices u oídos hinchados. A veces, sin embargo, mis fotismos adquieren una cualidad flou que es sedante, y puedo ver (como si fueran proyectadas en el interior de los párpados) grises figuras que caminan entre colmenas, o pequeños loros negros que se desvanecen gradualmente entre montañas nevadas, o una lejanía color malva que se funde más allá de mástiles que se mueven”.

Esto, precisamente esto, es lo que sucede en las mejores pinturas de la muestra. Si es cierto que el surrealismo aspiraba a componer escenas como se componen en los sueños, Polke ensayaba el arte quizá más difícil de componer escenas como se componen en estos momentos hipnagógicos, cuando lo que sea que pugna por estabilizarse en el temblor general de la conciencia debe tolerar el acoso de apariciones grotescas que lo cruzan y disoluciones que le forman una corona en torno, en un mundo que está hecho de vapor. La oscilación entre lo lírico y lo grotesco en estas pinturas en general enormes sucede a veces en el espacio de milímetros: una pincelada que pareciera sugerir mástiles o postes que se mueven en la lejanía se revela como la nariz de un ridículo demonio que no puede llegar al primer plano porque interrumpe su evolución un manchón de un blanco de semen que debe ser, ahora nos parece, una playa o el lomo de un camello. Las decisiones se multiplican, por eso, en todas partes: las que tomó Polke hace muchos años, cuando pintó estas cosas, y las que nosotros tomamos ahora que las vemos, preguntándonos si estos cuadros y nosotros, respirando en conjunto en esta sala, somos criaturas del orden o el azar.

Sigmar Polke, Eine Winterreise, David Zwirner, Nueva York, 7 de mayo – 25 de junio de 2016.

 

Tomb for a decapitated / Tumba para un decapitado

I’m using the word (“tomb”) as it was employed, in the European baroque, to name a musical piece composed in commemoration of the death of an illustrious individual (although what happens here happened somewhere in Mexico, and the individual wasn’t illustrious). My absurd intention when I made it (with fragments collected here and there: from recordings of the Cuban singer Bola de Nieve, of a certain duo of microtonal harps, of the French mystic Mirra Alfassa, from other places that I can’t recall) was to provide some consolation. But to whom?

 

 

“Tumba”, como se usaba el término, en el barroco europeo, para designar una pieza musical que lentamente conmemora la muerte de un individuo ilustre (aunque lo que sucede aquí sucede en algún lugar de México, y el individuo no es ilustre). Absurdamente, mi intención al construir este breve edificio (con partes tomadas del cantante Bola de Nieve, de cierto dúo de arpas microtonales de hace décadas, de la mística francesa Mirra Alfassa, de otras antiguas colecciones cuyo origen no puedo recordar) era dar algún consuelo. ¿Pero a quién?