The Men from Russia / Los hombres de Rusia

A text, sound and image piece made in collaboration with Isabelle Vigier for Unsounds / Una pieza de texto, sonido e imagen hecha en colaboración con Isabelle Vigier para Unsounds:

The Men From Russia

Pavlova en México

Hipotética música compuesta por el compositor Julián Carrillo para una danza de la rusa Anna Pavlova en la Ciudad de México en el año de 1919 (con fondo sonoro de Carlos Amorales).

Hypothetic music composed by the Mexican Julián Carrillo for a dance of the Russian ballerina Anna Pavlova in Mexico City, circa 1919 (with a sonic background by Carlos Amorales).

Things that a mutant needs to know (the ebook)… | Cosas que un mutante tiene que saber (el libro electrónico)…

… is available now at the iTunes/iBooks store and the Unsounds website (www.unsounds.com). It’s an enhanced ebook that includes the stories, the music, the images and all the etceteras.

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… puede comprarse ahora en iTunes/iBooks y el website de Unsounds (www.unsounds.com). Es un ebook expandido que incluye las historias, la música, las imágenes y todos los etcéteras.

Things that a mutant… | Cosas que un mutante…

Things that a mutant… | Cosas que un mutante…

The book and CDs version of Things that a mutant needs to know is out, and available through Unsounds (unsounds.com) and a growing list of book- and record- stores. The (bilingual) ebook version will be available soon. Here’s some images:mutant cover 3mutant inside 2

La versión en forma de libro impreso y CDs está lista y disponible en el sitio de Unsounds (unsounds.com) y en una lista creciente de librerías y disquerías. La versión (bilingüe) en forma de ebook va a estar disponible muy pronto. Arriba van algunas imágenes.

 

And here’s the link to  website of Unsounds | Y aquí va el link al website de Unsounds:

 

http://www.unsounds.com/38u.html

Un caso para el Buda | A case for the Buddha

El Unico adquirió su saber a través de innumerables dificultades. La tradición nos ha transmitido la siguiente.

Cuando era un Aspirante, el Unico encarnó una vez como líder de los chibis. Adquirió esa posición a través de una multitud de acciones excelentes, cuyos motivos residían en una naturaleza constituída por la práctica repetida durante un período sin límite de tiempo. Desde la niñez, le encantaba servir a sus mayores y le daba gran placer la disciplina. Aplicó su inteligencia a purificar su mente por el estudio. Acumuló hordas de virtudes. Acabó con el conflicto en sus territorios interiores. Sentía el mayor deleite cuando veía los rostros de los mendigos resplandecer al recibir lo que pedían.

A causa de esta pasión por los dones, el rey había construido salas donde se distribuian por toda la ciudad: allí guardaba provisiones. Eran diluvios de regalos los que producía. Todos los deseos eran satisfechos. Le daban comida al que pedía comida, agua al que pedía agua, camas, sillas, perfumes, guirnaldas a los que los pedían.

Llegaba gente de todas partes. Los peticionarios se aproximaban al líder como los bueyes se aproximan a los piletones. Era un enjambre de mendigos el que seguía siempre al líder que se alegraba al ver su alegría como se alegra uno al ver regresar una banda de amigos que estaban en el extranjero. Los dones lo hacía más feliz a él que a los mendigos. Su reputación era una fragancia que las voces de los mendigos movía por el aire.

Un día, de paso por sus salas, el líder se dió cuenta de que el número de los peticionarios había disminuido mucho porque sus necesidades habían sido satisfechas y le preocupó que su práctica virtuosa no tuviera posibilidad de ejercicio. Aunque los peticionarios ya no necesitaban verlo, él quería que vinieran: así de intoxicado estaba por el efecto de sus dones. Nadie podía saciar su deseo de dar, no importa cuán grande fuera el tamaño de la petición.

Y tuvo, al fin, este pensamiento: “¡Qué suerte la de los hombres virtuosos que abordan mendigos que, llenos de confianza, le piden sus miembros como dones! A mí los míos me piden solamente porciones de riqueza, como si le tuvieran miedo a la crueldad del rechazo”. La tierra tembló como una esposa tiembla de amor a su esposo: el Supremo, residente en su dimensión propia, lo notó y quiso saber cual era la causa. Lo supo: la presencia en el mundo de ese pensamiento. “¡Increíble! Un hombre le ha quitado el límite a su generosidad: está dispuesto a dar partes de su cuerpo (y todo el cuerpo, si se lo piden). ¡Hay que ponerlo a prueba!”

A esa hora, el Aspirante estaba sentado en la sala de los dones con sus ministros. Hacía sus anuncios: invitaba a la gente que se llevaran lo que quisieran. ¿Y qué había allí para llevarse? Dinero, ropa, comida. Animales (pequeños). El Supremo se mezclaba con los mendigos, bajo la forma de un sabio ciego. Llegó a la presencia del Aspirante, cuya mirada lo tocó, ligera, compasiva. Le preguntó qué quería. “Uno de tus ojos”. El Aspirante sintió una enorme (la más enorme) alegría. ¿Era cierto lo que escuchaba? ¿O una ilusión causada por sus aspiraciones? ¿Estaba ansioso? No. Le preguntó al falso mendigo: “¿Quién te dijo que vinieras a verme? ¿Por qué piensas que podría estar dispuesto a ese sacrificio?” “El Supremo. El Supremo me dijo”. El Supremo. El Aspirante pensó que una intervención divina estaba destinada a hacerle recobrar la visión a este mendigo. “Voy a cumplir tu deseo. Aunque me pediste uno de mis ojos, voy a darte los dos”.

El shock de los ministros. La preocupación y la tristeza. Objetaron: “El placer extremo que le provoca dar no le deja apreciar lo extremo de su error. No lo haga. No renuncie a la más importante de las facultades. ¡Por un mero mendigo! Puede darle de todo: vacas, joyas, carretas. Casas con fuentes, parques abiertos o cerrados. Pero no los ojos. Por otra parte: ¿cómo es posible que una persona use los ojos de otra? E, incluso si esto fuera posible, ¿para qué necesita recuperar la vista este mendigo? ¿Para ver la riqueza de los otros? Dele dinero, y que se vaya”.

El Aspirante respondió: “Los que primero dicen que van a dar algo y luego se rehúsan meten el cuello en el yugo de la avaricia después de habérselo quitado. Es imperdonable que una persona aliente las expectativas de los mendigos y luego rompa sus promesas. Hay que darles a los otros lo que quieren. Ni el cielo, ni la fama, ni la liberación me importan: lo que quiero es salvar el mundo. Dejen de obstruir la realización de mi deseo”. Y dió la orden: que le sacaran uno de los ojos con mucho cuidado, siguiendo el procedimiento más seguro, cosa que no se dañe. Con extraordinaria alegría, se lo dió al que se lo había pedido. Y éste, empleando la magia, hizo que todos los presentes vieran al ojo incrustado en su propio rostro. Extraordinario. Extraordinario: la imagen puso al Aspirante en éxtasis. Rápido: que le saquen el otro.

Y ahora el rostro del Aspirante parecía un estanque sin las plantas flotantes que antes tenía. Los ministros no entendían su alegría. Algunos lloraban. Pero el Supremo no salía de su admiración: “¡No puedo creer lo que ha ocurrido! No es justo que un hombre como este se encuentre en la desgracia. Me dá lástima: tengo que mostrarle una manera de recobrar la vista”. ¿Pero cuál?

Pasó el tiempo: las heridas del Aspirante se curaron. La tristeza de los súbditos encontró un consuelo: compusieron canciones sobre él. Un día el Aspirante visitaba uno de sus parques. Estaba solo, sentado, expuesto a la brisa. El Supremo apareció, esta vez sin disfraces. “Soy el Supremo. De visita. Pídeme lo que quieras”. El Aspirante no sabía: siempre había dado, sin pedir. Reflexionó un poco y dijo: “Al nivel de las posesiones, tengo todo lo que quiero. Pero la ceguera me deprime: ahora que no puedo ver los rostros de los peticionantes resplandeciendo de alegría, no puedo pensar en otra cosa que la muerte”.

Y el Supremo: “¡Basta! ¿Cómo es posible que sigas pensando en los mendigos, después de que te hayan llevado a esto? La generosidad no causa beneficios.” “No digas eso. No me fuerces a la trivialidad de demostrarlo”. “¿Cómo?” “Así: invoco: ¡que si es cierto que en el pasado las voces de los mendigos me sonaron como bendiciones, si es cierto que me crezca un ojo!”. Y sucedió: le apareció un ojo en uno de las órbitas. Brillante, como un fragmento de zafiro. “Y si es cierto que, cuando un sabio muy pobre me pidió un ojo, yo le dí los dos y no sentí otra cosa que delicia, ¡que reciba el segundo!” Y lo recibió.

La tierra tembló de nuevo; el mar se encrespó y se volcó sobre la costa. Se escucharon tambores. El cielo se aclaró entre los cuatro horizontes. Cayeron flores de la incierta altura. Poderosos espíritus, colmados de asombro y alegría, resolvieron enigmas muy antiguos. Y en cuanto a nosotros, sentimos que una nueva calma, al expandirse, abría dimensiones del cuerpo y la mente que desconocíamos.

Un primer capítulo | A first chapter

En el pasado, fuera del alcance de nuestra memoria, en una de las fases de alegría del planeta, el Unico había emergido bajo la forma de un maestro. El nombre que había tomado era Túber. Había renunciado a los placeres del mundo y se ocupaba solamente del estudio y la enseñanza. En la serenidad: así pasaba el día (en su mente, una imagen del sol, aunque azul y elíptico; otras veces, una canasta con uvas o un vaso cubierto por una servilleta). Veía a todos los seres como la prole de ausentes conquistadores; era imperativo educarlos, alejarlos del estruendo, para que vieran su naturaleza.

Los encadenamientos no tenían principio ni fin, todos nacían y morían, hablábamos interminablemente pero a la hora de decir lo esencial teníamos que quedarnos en silencio. Y cerca de nosotros vivía un propietario: Tarpanag. Su sirviente: Kempa. Se pusieron a estudiar con el maestro. Por la noche mantenían los brazos levantados y practicaban visualizaciones rápidas. Habían escuchado que Túber proponía esta doctrina: que mantenerse en armonía con los procesos a veces divergentes del entorno era el método que había que seguir. Y se dijeron: “¿No significa eso que debemos hacer lo que deseamos? Lo que sea…” Empezaron a preguntarles esto a los demás y pronto todos hablaban como ellos. Y un día acudieron a proponerle la cuestión al maestro. ¿Qué respondió Túber? “El camino es lo que sucede en el presente”.

Tarpanag y Kempa se pusieron muy contentos. “Acéptanos en tu escuela”, le pidieron a Túber. “Seguiremos este método en el que nada está prohibido”. Y Túber: “Sí, perfecto”. Tarpanag se convirtió en monje; Kempa siguió siendo su sirviente.

Un día Tarpanag acudió al maestro para hacerle una pregunta. “¿Cuál es el camino en el que prevalecemos sobre todo?” “Si la existencia permanece desbloqueada en aquel de sus lados que se orienta a conocer, todas las cosas se vuelven como parpadeos lentísimos o sogas que cuelgan del borde de un barco.” “¡Fantástico! ¡Es así! ¡Exaltaciones! Por supuesto…” Este era el discípulo que creía entender lo que el maestro le decía. Pero no entendía nada: se fijaba apenas en la superficie de las frases, sin considerar su espíritu. En cambio, Kempa entendió perfectamente. Obtuvo la unificación. Por un momento, experimentó una ligera náusea. Sintió que debía abandonar la habitación de su dueño (que dormía). Cerca de la cama, dejó la frazada y los muñecos.

Tarpanag notó su desacuerdo. Lo confrontó. Kempa le dijo (alerta, nervioso) que pensaba que estaba equivocado. Equivocado. Por completo. Tarpanag lo envió al exilio, a una provincia diferente, donde no tuviera que verlo nunca más. Hacerlo incrementó su orgullo, ya excesivo. Confiado, fue a preguntarle a Túber qué pensaba de este desacuerdo. Túber, estricto, le respondió: “Hay que entender la doctrina como la entiende Kempa”. Tarpanag se enfureció. “Si fuéramos iguales a los ojos del maestro, hubiera dicho que los dos estamos en lo cierto. Pero, en cambio, prefiere ir en contra de sus enseñanzas. ¡Que se vaya también! ¡Al exilio!” Más orgullo, más orgullo, y Túber exiliado. De ese modo, Tarpanag malentendió las enseñanzas del Unico. Al no ser capaz de someterlas al doble análisis que exigen, permaneció fijado en su propia incomprensión.

Eufórico o desesperado, se consagró a prácticas extremas. Desenterró cadáveres de los cementerios para comérselos. Los despellejaba y con la piel se fabricaba vestiduras. Ayudaba en sus tristes tareas a los animales que vivían en esos sitios: perros, buitres, cerdos. Traía prostitutas a sus prolongadas orgías. Y un día se murió. Pasó las quinientas vidas que siguieron reencarnado en la forma de chacales. A las quinientas vidas posteriores las pasó reencarnado en los cuerpos de niños destinados a ser muertos y luego devorados por seres viciosos: constantemente lo mataban y él volvía a reencarnar. Luego (otras quinientas vidas) fue convirtiéndose en especies diversas de halcones. Y luego (quinientas más, y otras quinientas) reencarnó como mosquitos y parásitos que todos aplastaban. Quinientas vidas más pasó entre las criaturas que viven en pilas de vómitos, en parásitos que viven en los cuerpos de animales pequeños, espíritus que viven en las fibras de los muertos, en las piedras o los árboles. Madera y polvo: esto es lo que comía. Y seguían matándolo y tenía cada vez que renacer. Quinientas vidas tuvo que pasar en vientres diversos.

Y luego vino la secuencia de los infiernos. Infiernos pobres e infiernos exquisitos. Infiernos entreabiertos e infiernos clausurados. En alguno de ellos estaría Tarpanag cuando se hizo, repentinamente, esta pregunta: “¿Cómo es que llegó a pasarme esto?” El Unico lo oyó y sin pronunciar ninguna palabra le indicó que este era el karma adjudicado y en curso de adjudicación. Tarpanag, arrepentido, se lamentó. Una fuerza lo extrajo del sitio donde estaba y lo transportó a otra secuencia de espacios, otra secuencia infernal: ochenta mil vidas tendría que pasar en ella, entre el infierno de los choques, el de las dispersiones, el de los despeñamientos. Le tocó reencarnar como una de las potencias que destruyeron el mundo. El mundo fue destruído. Y él no dejaba de nacer. El mundo, con el tiempo, regresó.

En este mundo apenas establecido, quiso entrar en el vientre de una prostituta. Gestó allí durante nueve meses, pero en el noveno més la mujer murió. La gente del lugar dijo esto: “Este niño huérfano, este niño ilícito, será fuente de polución donde sea que lo críen: hay que abandonarlo sobre el pecho de su madre”. Dejaron el cadáver (el recién nacido encima de él) debajo de un árbol de frutas que nunca maduraban, en cuyo tronco anidaban serpientes. Los pájaros, en las ramas, tenían deseos tóxicos.

El niño se aferraba al pecho de su madre, le chupaba los senos, extrayendo un pus que lo hizo vivir por siete días. La sangre que bebió a continuación lo hizo vivir siete días más. Los pechos, que comió, lo hicieron vivir diez. Gracias a los órganos internos vivió otros siete meses. Cuando había terminado con su madre, buscó otros cadáveres. Se vestía con la ropa que encontraba. Se fortaleció gradualmente. Adquirió poder sobre los seres que viven en zonas intermedias. Los malignos del dominio carnal resolvieron obedecerlo. Su aliento  diseminaba la enfermedad; su mirada paralizaba a los que veía. Tenía el cuerpo (extenso, hinchado) cubierto de ceniza blanca y azul. En el cuello, llevaba un collar de calaveras. El cabello era marrón (jamás, por supuesto, lo lavaba). Le salían alas (las plumas, de colores variados) del cuerpo: podía volar. Como tenía la consistencia del lodo y, a la vez, la integridad de lo más integrado, podía nadar con la mayor rapidez. Las uñas eran duras como el pico o los talones de un buitre: cuando penetraba en alguien lo enfermaba. Veía a todo hombre como alguien a quien matar y a cada vagina como algo que penetrar.

A veces caían piedras sobre él, pero muy lentamente, de manera que podía esquivarlas sin dificultades. Estaba en eso el día en que el otro, como si se hubiera extraviado en su camino, apareció. Ninguna sombra lo había anunciado. Había llegado, al parecer, la fase de maduración de aquellos frutos. Creció el volumen del rumor. Y entonces…

(Continuará)