Nick Cave and the Bad Seeds, Beacon Theater, New York

Un show reseñado en Otra Parte Semanal:

http://revistaotraparte.com/semanal/musica/nick-cave-and-the-bad-seeds-en-el-beacon-theater/

Lo que no esperaba es que el concierto fuera así. El sitio, sin embargo, es adecuado: el escenario de este viejo teatro antes vetusto está enmarcado por dos estatuas doradas que sostienen mástiles o lanzas que suben hacia el techo. Es como si el paredón ornamental fuera a venírsenos encima, incluso a nosotros que esperamos en los palcos. Gracias a dios no compramos entradas abajo, en la platea. Es que el concierto todavía no ha empezado y ya la gente se amontona en el frente de la sala. Poco después de las ocho, el grupo entra. Nick Cave levanta los brazos esqueléticos. Es australiano, tiene sesenta años, es el único miembro constante que la banda —más de tres décadas en su trayectoria— conserva. Últimamente estuvo mucho en los diarios: es que su hijo adolescente se cayó de una barranca, durante su primer viaje de LSD, y se mató.

Es difícil no pensar en este horrendo incidente cuando Cave, de azul metálico, termina la canción de introducción, casi a capella. Revuelve los papeles que tiene en un atril y camina los cinco pasos que lo llevan hasta el borde del escenario. Alguien levanta un niño en su dirección; Cave lo invita a que suba. “With my voice, I am calling you”: el estribillo de la canción que procede a cantar. “Con mi voz, te llamo”. Todo es desastre: soledad, enfermedad, caída. Nos cuesta sacarles la mirada al crooner y a su momentáneo partenaire. Si lo hiciéramos, notaríamos que a la derecha, muy quieto, hay un guitarrista. El baterista está detrás, y el bajista, sobre una plataforma. Hay campanas, gongs, tambores en la zona donde opera Jim Sclavunos, uno de los miembros más antiguos de los Bad Seeds. A su izquierda, un organista. En un extremo, en la sombra, está Warren Ellis, violinista, guitarrista y el colaborador más constante del cantante, de traje también, con la barba canosa y muy larga. Parece que fuera una orquestita de hombres casi viejos que van a tocar a casamientos, bautismos, funerales. Envejecidos por el alcohol y los rigores del desierto que atraviesan como pueden. El desierto de las canciones del disco que presentan, Skeleton Tree, y de los grandes éxitos que pronto intercalan. Mientras los canta, Cave no puede abandonar por más de unos instantes el borde del escenario. Cada vez que lo hace el público vuelve a atraerlo; él les toca las puntas de los dedos a las manos pacientes que se extienden. A veces se zambulle sobre la ondulante multitud y las mismas manos lo sostienen. Las canciones que canta son historias de hombres en desgracia, que mantienen como pueden la virilidad algo absurda que les resta. A veces no sabemos si es que insulta a sus fieles o los convoca a que reafirmen vaya a saber qué dignidad, que no sabemos quién quiere quitarles. Menos aún terminamos de entender cuál es la naturaleza exacta de este espectáculo, y si la reacción más conveniente no es la del adolescente que, en la butaca al lado de la mía, se ríe a carcajadas.

Se ríe de las invocaciones severas a los bares donde beben y colapsan y las residencias donde apenas viven hombres que recitan las páginas desordenadas de un libreto de la masculinidad que ya no saben si entienden. Y a medida que el concierto va moviéndose hacia el final, entre acordes infernales, nos parece alucinar otra presencia que nos visita a través de esa figura escuálida y brillante que va caminando por encima de los hombros de la feligresía mientras canta el estribillo de la última canción, “Push the Sky Away”. Esa es la tarea que nos impone: empujar el cielo. ¿Para qué? Para nada, por supuesto. Vuelve al escenario, cada vez más transportado. Y el espectro se define: es Elvis Presley. Nick Cave, músico, escritor y artista plástico, ha venido a provocar la fugaz reencarnación del Presley más hinchado. El de Las Vegas y Hawái. Tuttiincreíble de la banda. Salto brusco del cantante, que cae, extenuado, de rodillas. Todos se secan el sudor con sus toallas. Y así se termina la comedia.

 

El espectáculo del poder y el peligro: Kanye West, Madison Square Garden, 5 de septiembre

 

Mientras vamos caminando hacia nuestros asientos, superada la marea de asistentes que se había agolpado en los portones, lo notamos: encima de la cancha de basquet (es el Madison Square Garden) hay una enorme estructura que sostiene centenares de lámparas y se pondrá, no bien comience el show, a moverse y descender, manipulada por los seis o siete operadores que esperan el momento en sus balcones o sus jaulas, inclinados sobre sus computadoras. La impresión de ingresar en una nave (náutica, espacial) es reforzada por el bajo profundo de un drone, una masa ominosa y variable de sonido que hace que el cemento del edificio tiemble, impregnado de un poder intruso. De repente, el sonido se detiene. Allá abajo, dispersos en la cancha, los fans más entusiastas gritan creyendo que el show, tan pronto, va a empezar. Pero no es la hora todavía: el drone es reemplazado por voces tenues y angélicas (las mismas que un par de días más tarde acompañaran a los modelos que muestran la colección de moda que este año el cantante ha diseñado para Adidas), y máquinas de humo se activan alrededor de una plataforma colgante de metal, una suerte de columpio gigantesco, que vemos a un extremo del estadio. La plataforma se suspende a unos cinco metros de altura. A un costado del sitio donde nos toca sentarnos está el sector VIP. Una fila de celebridades (las fotografiamos) aparece, subiendo las escaleras, rodeados de guardias; van charlando de a dos, y pronto ocupan, muy erguidos, sus lugares. Es el signo. Todas las luces del estadio se apagan (pero están las luces minúsculas de los miles de pantallas).

 

Cuando las lámparas vuelven a encenderse, Kanye West está montado ya en su plataforma y la grabación que lo acompañará durante el show de punta a punta (no hay silencios, no hay discursos casuales) se dispara. La plataforma comienza a deslizarse por encima de los fans que levantan los brazos como si pudieran alcanzarla y forman espontáneos torbellinos sobre el parquet. Los reflectores que cuelgan de la parte inferior de la plataforma los alumbran, de modo que la escena es más de discoteca que de sala de concierto. Kanye va pasando por enfrente de nosotros. Arenga y posa. Está solo. Toda la noche solo. No hay banda ni orquesta: canta (a veces habla) sobre pistas pregrabadas. Es cierto que en un balcón remoto unas luces nos dejan entrever algunos individuos que realizan maniobras opacas para aquellos que estamos donde estoy, pero que no es imposible que produzcan resultados sonoros (¿eso es un teclado? ¿es un micrófono?). Y Kanye despliega su gran drama, que involucra a sus niggas, sus bitches, sus enemigos, las mercancías que concibe, los planes que proyecta hacia su espléndido futuro, mientras su vehículo y su púlpito sigue desplazándose. Es el espectáculo del poder y del peligro. Es alarmante, tanto como el descenso de la parrilla de luces del techo (pronto tocará casi las cabezas de los celebrantes) y la inclinación repentina de la plataforma flotante: tememos que Kanye se resbale y se caiga. Pero notamos que está amarrado por un cable a un gancho clavado en el centro puntual de su tarima. Quisiera llegar hasta el borde y arrojarse, pero el alambre, el cable, la cadena lo retiene, de manera que tenemos la impresión de que fuera un animal capturado, la pata metida en una trampa, el cuello en un lazo, y esto redobla la ambigüedad de la escena que se ha armado, y no sabemos del todo bien quién es el esclavo y quién el amo, si la multitud cede a las maniobras a veces algo arteras de su líder, o el cantante es el esclavo que debe trabajar con energía brutal para suscitar esas aclamaciones que tienen lugar en la presencia del tribunal último: el austero, calmo grupo que, muy cerca de nosotros, ocupa el sector VIP, chequeando sus teléfonos y fumando grandes porros. Entre ellos, me dice un extraño (chequeando su teléfono) está su mujer, la de Kanye, Kim Kardashian. Trato de descubrirla. Pero ya han pasado casi dos horas, y el grupo (sus niggas, sus bitches), respondiendo a una llamada que solo los insiders son capaces de escuchar, se pone en movimiento: ya han visto suficiente. Es la hora de salir. Yo los sigo, y voy saliendo solo por la escaleras, los pasillos, los puestos de souvenirs, los portones, pensando, tal vez ilusoriamente, que, gracias a esta exhibición de la potencia y el capricho, esta mezcla de melodrama y comedia, esta performance extraordinariamente rigurosa y curiosamente infantil, comprendo un poco más que hace dos horas la razón del objeto mayor de nuestros miedos: la atracción del increíble candidato Donald Trump.

Publicado en Otra parte semanal (http://revistaotraparte.com/semanal/)

 

Tomb for a decapitated / Tumba para un decapitado

I’m using the word (“tomb”) as it was employed, in the European baroque, to name a musical piece composed in commemoration of the death of an illustrious individual (although what happens here happened somewhere in Mexico, and the individual wasn’t illustrious). My absurd intention when I made it (with fragments collected here and there: from recordings of the Cuban singer Bola de Nieve, of a certain duo of microtonal harps, of the French mystic Mirra Alfassa, from other places that I can’t recall) was to provide some consolation. But to whom?

 

 

“Tumba”, como se usaba el término, en el barroco europeo, para designar una pieza musical que lentamente conmemora la muerte de un individuo ilustre (aunque lo que sucede aquí sucede en algún lugar de México, y el individuo no es ilustre). Absurdamente, mi intención al construir este breve edificio (con partes tomadas del cantante Bola de Nieve, de cierto dúo de arpas microtonales de hace décadas, de la mística francesa Mirra Alfassa, de otras antiguas colecciones cuyo origen no puedo recordar) era dar algún consuelo. ¿Pero a quién?

A city for poets and pirates / Una ciudad para poetas y piratas

Cabinet magazine has just published an article I wrote about a strange event that happened at the end of World War I: the capture and occupation of the city of Fiume (today Rijeka, in Croatia) by a coalition of soldiers, artists and anarchists led by the Italian writer Gabriele d’Annunzio. It’s here:

http://cabinetmagazine.org/issues/58/laddaga.php

La revista Cabinet acaba de publicar un artículo que escribí (en inglés) sobre cierto extraño evento que sucedió al final de la Primera Guerra Mundial: la captura y ocupación de la ciudad de Fiume (hoy Rijeka, en Croacia) por una coalición de soldados, artistas y anarquistas liderados por el escritor italiano Gabriele d’Annunzio. El link figura arriba.

La muerte según David Bowie

 

 

Ya lo saben: hace unos días murió David Bowie. Al parecer, fue una sorpresa para casi todos, incluso para algunos de sus más próximos amigos. Murió de cáncer de hígado. Sabía, desde que recibió el diagnóstico (hace poco más de un año), que tenía poco tiempo. Vivía en Nueva York, pero en los últimos meses había vuelto a Londres, para seguir un tratamiento y tal vez para esconderse mejor. Antes, dejó listo su mejor disco en varias décadas, diabólicamente publicado, con gran fanfarria, dos días antes de su muerte. Las primeras reseñas de Blackstar (la expresión “estrella negra” se emplea para referirse a cierta clase de lesión producida por el cáncer, a una entidad que se produce cuando una estrella colapsa en un estado que suele ser previo a su reconstitución como singularidad, a una especie de pájaros) fueron publicadas antes de que la noticia fuera dada. Todas insistían en lo evasivo del significado de las canciones. Pero resulta que, por primera vez en el trabajo del artista, una parte considerable de sus letras son perfectamente claras; no sabemos con exactitud qué quiere decir cada una de sus líneas, pero sabemos para qué han sido escritas: para formar parte de un artefacto por medio del cual la escena del final se volviera más intrincada, equívoca e incierta. Otros componentes de este artefacto son (por el momento) dos videos. Uno fue publicado hará un mes: el de la larga canción que le da título al álbum. El otro, divulgado a la vez que la noticia del fallecimiento, es el de “Lazarus”. En los dos videos, Bowie lleva el mismo disfraz, organizado en torno a vendas que le cubren los ojos y sobre las cuales han cosido dos breves botones de metal, para señalar la vista seguramente ya perdida; una serie de figuras aparecen en los dos (una mujer que gravita en torno a él, una calavera negra con incrustaciones de piedras), de manera que no es imposible que las filmaciones compongan una secuencia más extensa que extienda en el tiempo este desfile de figuras de sí mismo que el artista ha montado, para que la desaparición se prolongue o no suceda.

 

La muerte de David Bowie hubiera sido un acontecimiento en cualquier caso. Pero, de no haber sucedido las cosas como sucedieron (de no haber sido planeadas de ese modo), las necrológicas, los homenajes, las colecciones de recuerdos no podrían sino haberse referido a cierta estrella cuya fuerza de irradiación había sido enorme pero estaba virtualmente extenuada. A pesar de un disco interesante que salió hace exactamente tres años (The Next Day), la imagen reciente de Bowie era la de un extraordinario innovador que, a partir de comienzos de los años ’80, y tal vez motivado por la aspiración a un éxito más amplio que el que conocía hasta entonces, había producido discos y conciertos de relevancia decreciente. Problema grave: lo que estuvo siempre en la base de su trabajo, más bien que la voluntad de producir buena música, fue el deseo de relevancia cultural, deseo que se expresaba en la construcción sucesiva de figuras de una vida mantenida siempre en algún límite. Pero a partir de cierto punto el deseo perdió intensidad o dejó de encontrar espacios favorables a su trayectoria. Desde comienzos de este siglo, Bowie, a causa, al parecer, de problemas cardíacos, había dejado de dar conciertos; sus últimas apariciones habían tenido lugar en programas de televisión o eventos filantrópicos. Este es el hombre que recordaríamos, si no fuera que, en un movimiento de inteligencia extraordinaria, se construyó una desaparición muy diferente. Blackstar es una puesta en escena de la muerte propia, montada como una pieza en curso que tiene como uno de sus momentos el anuncio de la desaparición de su hacedor (pero no la presentación de su cadáver, o el llanto siquiera de los familiares del difunto). La materia con la que se trata aquí no es cualquier muerte, sino la muerte moderna. La muerte de alguien célebre, capaz de pagar el mejor cuidado médico, cuidado que no puede detener el cáncer pero permite eliminar el dolor, de manera que el progreso de la enfermedad sea tolerable, de algún modo previsible y, a partir de cierto punto, se pueda decidir la suspensión del tratamiento, tras lo cual el desenlace se vuelve una certeza. La muerte es, en estas condiciones, controlada todo lo que se puede controlar la muerte: el paciente sabe lo que tiene que saber, entiende que el conjunto de sus órganos ha entrado en desarreglo y que lo que lo sostenía ya no puede sostenerlo. El proceso impulsa el cierre progresivo del mundo interhumano: pocos son los que tienen toda la información que hace falta. Se muere en el secreto, en una red de aparatos en la cual se entra como una mano entra en un guante, y, hasta cierto punto, se puede escoger cuándo y cómo ejecutar el desenlace. Esta manera de morir es una novedad; es comprensible, por eso, que alguien que siempre dijo que era menos un músico que alguien que recogía y combinaba fragmentos de su mundo social para proponer una imagen del modo como vivimos en cada presente, escogiera tematizar el particular anonimato y el sigilo que domina esos parajes y su relación con el universo que habitó, melancólicamente a veces, desde muy pronto: el de la fama en sus modos más extremos.

 

Cuando hace alrededor de un mes se presentó el video de “Blackstar” nos parecía incluso verosímil que la letra entonces elíptica (donde arde una vela solitaria en cierta villa de Ormen, una ejecución sucede, tal vez en ese sitio, ojos anónimos están en el centro de todo, y se declara que el día en que él murió, no sabíamos quién, alguien más tomó su lugar y gritó que era una estrella negra) pudiera referirse, como una de los músicos que colaboró en el álbum lo sugirió, a la emergencia de cierto terrorismo, pero ahora es difícil no verlo como parte de una secuencia más o menos narrativa que se prolonga en “Lazarus”. Esta canción (cuya música, al comienzo, hace pensar en Joy Division, el momento hasta ahora más intenso del rock funerario) comienza de manera tajante: “Miren aquí arriba, estoy en el cielo, tengo cicatrices que no se pueden ver, tengo un drama que no puede ser robado, ahora todos me conocen”. Y pronto agrega: “Miren aquí arriba, estoy en peligro, no tengo nada que perder”. Luego de un interludio deliberadamente banal en que Bowie celebra su llegada, hace tiempo, a Nueva York, y lamenta haberse gastado todo el dinero que tenía en busca del culo de alguien que no nombra, la pieza termina con el cantante presentado la imagen de sí mismo como una criatura por fin libre, como (convencionalmente) un pájaro. En casi todos los pocos minutos del video, Bowie está en una cama de hospital, pero quisiera que sospecháramos que este hospital no está en el mundo: por eso puede gravitar levemente por encima de la cama a la cual lo tienen confinado. Claro que nosotros vemos este video post-mortem, y sabemos que el que canta ya no podría cantar. En “Lazarus”, el intensísimo efecto de presencia, al menos en la perspectiva de estos días, depende de que allí un hombre vivo nos dice que está muerto o a punto de morir sabiendo que recibiremos completamente, que comprenderemos por fin lo que nos dice cuando lo que anuncia se haya verificado. Lo sabemos porque nos lo han dicho: nunca veremos una fotografía del cadáver, y no tenemos otro remedio que creer que efectivamente ha muerto en el momento en que nos han dicho que murió. El terror de este personaje que no puede moverse de su cama parece sincero, pero el mismo Bowie, en el mismo video, se nos presenta vestido con una malla de bailarín o payaso, y garabatea frenéticamente sobre un escritorio o un pupitre, como un niño que tuviera que completar sus tareas escolares, además de ejecutar poses algo ridículas, como los bamboleos de tres crucificados, semejantes a espantajos, que celebran más que sufren su crucifixión en un momento particularmente atroz del video de “Blackstar”. Creíamos, por un momento, que este gran maestro de la mascarada nos confirmaría que, efectivamente, ahora podemos conocerlo. Pero la última canción del disco se llama “I Can’t Give Everything Away”, expresión que es ambigua: podríamos traducirla como “no puedo dar todo” o “no puedo revelar todo”. Y lo cierto es que este desfile de filmaciones y fotografías, de presentaciones, de declaraciones, de revelaciones, este desfile de figuras de sí mismo de un Bowie que declara que se está muriendo al mismo tiempo que, en silencio y en secreto, no sabemos dónde, cuándo, cómo, los últimos signos vitales iban desapareciendo del cuerpo de alguien que iba dejando de llevar su nombre, no es una maniobra menos intrincada que las que realizaba al comienzo de todo, al inventar a Ziggy Stardust, estrella exorbitante cuya carrera acababa, en su ficción, en el suicidio. Podemos comparar Blackstar con tal o cual otro disco de tal o cual músico, pero lo que el artista había planeado que se desplegara en estos días es un acto que participa de otra serie, la que se asocia con los nombres de Hendrix, Presley, Joplin, Lennon, Curtis, Cobain: la de las grandes muertes del rock, las salidas memorables que, gracias a la potencia del enigma, reabren continuamente los legados.

 

Bowie, durante los años ’60, pasó por un período bastante prolongado de atracción por la religiosidad tibetana. No es inverosímil suponer que este disco, los videos que van con el disco, la sincronización de los materiales con los eventos en hospitales y secretas casas funerarias, fue compuesto como su Bardo Thodol, su Libro de los Muertos, el volumen tibetano que recoge fórmulas para que se les lean a los muertos al oído, de modo de favorecer su “liberación a través de la audición durante el estado intermedio”. Bowie, en efecto, ha creado durante el curso de unos días que para mí siguen y no sé cuando acabarán un “estado intermedio”, entre la muerte y el momento en que alcanza su destino lo que sea que la muerte libera. Es apropiado que la canción que he mencionado varias veces se llame “Lazarus”: Lázaro de Betania, en el Evangelio de San Juan, estuvo muerto durante cuatro días y fue resucitado por Jesús. La pieza que Bowie acaba de montar, con su fallecimiento que las imágenes presentan como el retiro tentativo, tímido, asustado, hacia el sitio donde se guardan los útiles y los tesoros, postula, con un tono ambivalente, a la vez de drama y de comedia, que estamos en los cuatro días de la ausencia, tras lo cual, sin embargo, sospechamos que su protagonista no va a volver en ninguna forma, ni siquiera en la de cierta estrella negra que, en la canción que tiene ese título, viene a ocupar el lugar del que fallece, una vez que el espíritu asciende apenas y se mueve, todavía atónito, a un costado.

 

 

(Para Otra parte semanal, New York, enero, 2016)