Un caso para el Buda | A case for the Buddha

El Unico adquirió su saber a través de innumerables dificultades. La tradición nos ha transmitido la siguiente.

Cuando era un Aspirante, el Unico encarnó una vez como líder de los chibis. Adquirió esa posición a través de una multitud de acciones excelentes, cuyos motivos residían en una naturaleza constituída por la práctica repetida durante un período sin límite de tiempo. Desde la niñez, le encantaba servir a sus mayores y le daba gran placer la disciplina. Aplicó su inteligencia a purificar su mente por el estudio. Acumuló hordas de virtudes. Acabó con el conflicto en sus territorios interiores. Sentía el mayor deleite cuando veía los rostros de los mendigos resplandecer al recibir lo que pedían.

A causa de esta pasión por los dones, el rey había construido salas donde se distribuian por toda la ciudad: allí guardaba provisiones. Eran diluvios de regalos los que producía. Todos los deseos eran satisfechos. Le daban comida al que pedía comida, agua al que pedía agua, camas, sillas, perfumes, guirnaldas a los que los pedían.

Llegaba gente de todas partes. Los peticionarios se aproximaban al líder como los bueyes se aproximan a los piletones. Era un enjambre de mendigos el que seguía siempre al líder que se alegraba al ver su alegría como se alegra uno al ver regresar una banda de amigos que estaban en el extranjero. Los dones lo hacía más feliz a él que a los mendigos. Su reputación era una fragancia que las voces de los mendigos movía por el aire.

Un día, de paso por sus salas, el líder se dió cuenta de que el número de los peticionarios había disminuido mucho porque sus necesidades habían sido satisfechas y le preocupó que su práctica virtuosa no tuviera posibilidad de ejercicio. Aunque los peticionarios ya no necesitaban verlo, él quería que vinieran: así de intoxicado estaba por el efecto de sus dones. Nadie podía saciar su deseo de dar, no importa cuán grande fuera el tamaño de la petición.

Y tuvo, al fin, este pensamiento: “¡Qué suerte la de los hombres virtuosos que abordan mendigos que, llenos de confianza, le piden sus miembros como dones! A mí los míos me piden solamente porciones de riqueza, como si le tuvieran miedo a la crueldad del rechazo”. La tierra tembló como una esposa tiembla de amor a su esposo: el Supremo, residente en su dimensión propia, lo notó y quiso saber cual era la causa. Lo supo: la presencia en el mundo de ese pensamiento. “¡Increíble! Un hombre le ha quitado el límite a su generosidad: está dispuesto a dar partes de su cuerpo (y todo el cuerpo, si se lo piden). ¡Hay que ponerlo a prueba!”

A esa hora, el Aspirante estaba sentado en la sala de los dones con sus ministros. Hacía sus anuncios: invitaba a la gente que se llevaran lo que quisieran. ¿Y qué había allí para llevarse? Dinero, ropa, comida. Animales (pequeños). El Supremo se mezclaba con los mendigos, bajo la forma de un sabio ciego. Llegó a la presencia del Aspirante, cuya mirada lo tocó, ligera, compasiva. Le preguntó qué quería. “Uno de tus ojos”. El Aspirante sintió una enorme (la más enorme) alegría. ¿Era cierto lo que escuchaba? ¿O una ilusión causada por sus aspiraciones? ¿Estaba ansioso? No. Le preguntó al falso mendigo: “¿Quién te dijo que vinieras a verme? ¿Por qué piensas que podría estar dispuesto a ese sacrificio?” “El Supremo. El Supremo me dijo”. El Supremo. El Aspirante pensó que una intervención divina estaba destinada a hacerle recobrar la visión a este mendigo. “Voy a cumplir tu deseo. Aunque me pediste uno de mis ojos, voy a darte los dos”.

El shock de los ministros. La preocupación y la tristeza. Objetaron: “El placer extremo que le provoca dar no le deja apreciar lo extremo de su error. No lo haga. No renuncie a la más importante de las facultades. ¡Por un mero mendigo! Puede darle de todo: vacas, joyas, carretas. Casas con fuentes, parques abiertos o cerrados. Pero no los ojos. Por otra parte: ¿cómo es posible que una persona use los ojos de otra? E, incluso si esto fuera posible, ¿para qué necesita recuperar la vista este mendigo? ¿Para ver la riqueza de los otros? Dele dinero, y que se vaya”.

El Aspirante respondió: “Los que primero dicen que van a dar algo y luego se rehúsan meten el cuello en el yugo de la avaricia después de habérselo quitado. Es imperdonable que una persona aliente las expectativas de los mendigos y luego rompa sus promesas. Hay que darles a los otros lo que quieren. Ni el cielo, ni la fama, ni la liberación me importan: lo que quiero es salvar el mundo. Dejen de obstruir la realización de mi deseo”. Y dió la orden: que le sacaran uno de los ojos con mucho cuidado, siguiendo el procedimiento más seguro, cosa que no se dañe. Con extraordinaria alegría, se lo dió al que se lo había pedido. Y éste, empleando la magia, hizo que todos los presentes vieran al ojo incrustado en su propio rostro. Extraordinario. Extraordinario: la imagen puso al Aspirante en éxtasis. Rápido: que le saquen el otro.

Y ahora el rostro del Aspirante parecía un estanque sin las plantas flotantes que antes tenía. Los ministros no entendían su alegría. Algunos lloraban. Pero el Supremo no salía de su admiración: “¡No puedo creer lo que ha ocurrido! No es justo que un hombre como este se encuentre en la desgracia. Me dá lástima: tengo que mostrarle una manera de recobrar la vista”. ¿Pero cuál?

Pasó el tiempo: las heridas del Aspirante se curaron. La tristeza de los súbditos encontró un consuelo: compusieron canciones sobre él. Un día el Aspirante visitaba uno de sus parques. Estaba solo, sentado, expuesto a la brisa. El Supremo apareció, esta vez sin disfraces. “Soy el Supremo. De visita. Pídeme lo que quieras”. El Aspirante no sabía: siempre había dado, sin pedir. Reflexionó un poco y dijo: “Al nivel de las posesiones, tengo todo lo que quiero. Pero la ceguera me deprime: ahora que no puedo ver los rostros de los peticionantes resplandeciendo de alegría, no puedo pensar en otra cosa que la muerte”.

Y el Supremo: “¡Basta! ¿Cómo es posible que sigas pensando en los mendigos, después de que te hayan llevado a esto? La generosidad no causa beneficios.” “No digas eso. No me fuerces a la trivialidad de demostrarlo”. “¿Cómo?” “Así: invoco: ¡que si es cierto que en el pasado las voces de los mendigos me sonaron como bendiciones, si es cierto que me crezca un ojo!”. Y sucedió: le apareció un ojo en uno de las órbitas. Brillante, como un fragmento de zafiro. “Y si es cierto que, cuando un sabio muy pobre me pidió un ojo, yo le dí los dos y no sentí otra cosa que delicia, ¡que reciba el segundo!” Y lo recibió.

La tierra tembló de nuevo; el mar se encrespó y se volcó sobre la costa. Se escucharon tambores. El cielo se aclaró entre los cuatro horizontes. Cayeron flores de la incierta altura. Poderosos espíritus, colmados de asombro y alegría, resolvieron enigmas muy antiguos. Y en cuanto a nosotros, sentimos que una nueva calma, al expandirse, abría dimensiones del cuerpo y la mente que desconocíamos.

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