A family scene (fifth century) | Una escena de familia (siglo quinto)

At some point in the early fifth century, urban life died completely, and all of Britain’s towns, public and small, simply ceased to exist. The ruined and empty city of York, for example, reverted back to marshland. Fossils of beetles whose habitat was a world of high grass and reeds have been found in the early fifth-century earth and debris that blanketed the moribund city. Froghoppers, creatures native to England’s wetlands, are also found in fifth-century levels, but are unknown in Roman deposits from York. Field mice, too, and water voles, weasels and shrews returned to the ruined city, and lived their watery lives in the decaying streets and ruined town houses now reclaimed by marsh. Within the walled city of Canterbury, archeologists have excavated a strange early-fifth century burial. Roman burials, of course, are found in great suburban cemeteries like Poundbury. Romans had exceptionally strong taboos against human burial within towns, and there were rigorously enforced laws that upheld a strict aparthied between the living and the dead. So any burial within the walls of Canterbury represents a serious break with past traditions and suggests a failure of urban authority and a breach of long-standing cultural-inhibitions. But the burial itself is stranger still. It was of a whole family – a man, a woman and two young children, as well as two dogs. They were buried together with great care in a pit lined with grass. The parents were seated. The woman held one child in her lap, and the other lay at her feet. The dogs were laid across the father. One child had died from a blow to the head, and although the cause of death for the others cannot be determined, given the child’s crushed skull it is likely that all were victims of violence. Their burial in a single pit within a dying town is not a standard Roman burial by any means; but the people themselves were Romanized Britons. They were buried with late Roman bronze and silver jewellery, with Roman glass and keys. This and the violence which preceded their burial suggest extraordinary and terrible events in a town that was no longer a town.

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En cierto punto de principios del siglo cinco, la vida urbana murió por completo, y todas las poblaciones pequeñas y grandes de Gran Bretaña dejaron de existir. La vacía y ruinosa ciudad de York, por ejemplo, volvió a ser un pantano. Fósiles de grillos cuyo hábitat era un mundo de pastizales altos se han encontrado en la tierra y los deshechos que cubrieron la ciudad moribunda al comienzo del siglo cinco. Las langostas nativas de las tierras húmedas de Inglaterra pueden encontrarse también a los niveles propios de ese siglo, pero no en los yacimientos romanos de York. También los ratones de campo y los topos de río, las comadrejas y musarañas regresaron a la ciudad y se pusieron a vivir sus acuáticas vidas en las calles destruidas y las ruinas de las casonas recobradas ahora por el pantano. Dentro de la amurallada ciudad de Canterbury, los arqueólogos han excavado una extraña tumba de comienzos del siglo cinco. Tumbas romanas se encuentran, claro, en grandes cementerios suburbanos como Poundbury. Los romanos tenían tabús excepcionalmente rigurosos que prevenían que hubiera entierros humanos en las ciudades y leyes que establecían una separación estricta entre los vivos y los muertos, de modo que una tumba en el interior de los muros de Canterbury representa una seria ruptura con las tradiciones del pasado y sugiere la impotencia de las autoridades urbanas y la transgresión de antiguas inhibiciones culturales. Pero el entierro mismo es más extraño todavía. Se trata de una familia entera: un hombre, una mujer y dos niños pequeños, junto con dos perros. Los enterraron juntos poniendo gran cuidado, en un pozo rodeado por la hierba. Los padres estaban sentados. La mujer sostenía a uno de los niños en su regazo, y el otro yacía a sus pies. Los perros estaban acostados sobre el padre. Uno de los niños había muerto de un golpe en la cabeza y, aunque la causa de la muerte de los otros no ha podido determinarse, es probable, a juzgar por el cráneo quebrado de este niño, que todos fueran víctimas de la violencia. Este entierro en una única tumba, en una ciudad moribunda, no responde de manera alguna a los estándares romanos; y sin embargo estas personas eran británicos romanizados. Los enterraron con las joyas de bronce y plata, con los cristales y llaves características de la romanidad tardía. Esto y la violencia que precedió al entierro sugieren eventos extraordinarios y terribles en una ciudad que ya no era una ciudad.

 

From | De Robin Fleming, Britain after Rome: The Fall and Rise, 400-1070.

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