Una pieza (en prosa) para escritores / A prose piece (in Spanish) for writers

Escrita por Robert Walser en 1919:

Probablemente esta sea mi última pieza en prosa. Toda clase de consideraciones me llevan a concluir que es hora de que alguien como yo deje de componer y tratar de publicar piezas en prosa y abandone esta ocupación que obviamente es demasiado difícil. No tengo ningún problema en buscar otra clase de trabajo y adquirir los medios necesarios para ganarme en paz la vida. ¿Qué he hecho en los últimos diez largos años? Para responder a esta pregunta tendría que suspirar primero, ponerme después a llorar y al final empezar un nuevo capítulo o al menos un nuevo párrafo. Durante diez largos años he escrito continuamente piezas en prosa, y casi nunca valió la pena. ¡Las cosas que tuve que soportar! Cientos de veces me dije, a los gritos: “¡Nunca más voy a escribir nada! ¡Y menos a tratar de publicar!” Y después, el mismo día o al día siguiente, me ponía a escribir y ponía en el correo mis nuevas producciones. Hoy me parece increíble.

Es probable que la cantidad de mis producciones nunca sea igualada: nada parecido volverá a suceder nunca. En relación a la producción y la subsecuente emisión hacia el mundo de apropiadas piezas en prosa he manifestado una atroz avidez y una perseverancia increíble. Salían volando de mi taller en todas las direcciones, como si fueran palomas que surgían de un palomar o abejas de una colmena. La moscas y los mosquitos zumban de un lado a otro menos frenéticamente que las piezas en prosa que volaban, enviadas por mí, hacia toda clase de editores.

¿Qué hicieron los bibliotecarios con todos los bocetos, estudios y ensayos que les arrojé? Los ojearon, leyeron, olfatearon, los tomaron en consideración y los pusieron con cuidado en carpetas y archivos para que permanecieran a salvo, esperando la oportunidad que les correspondiera. ¿Y es que la oportunidad alguna vez se presentó? ¡Por supuesto que no! A veces pasaron años hasta que se dio el momento, mientras un hombre infeliz en su ático se arrancaba los cabellos. Lo que escribía con alegría y despachaba con entusiasmo era así arrojado al confinamiento solitario, donde de a poco se marchitaba. Frases, renglones y páginas morían desgarradoras muertes, muertes por agotamiento y extinción. Ví cómo lo que había engendrado con tanta energía se volvía pálido y opaco. Una vez, una joven, robusta pieza en prosa tuvo que  pasar seis años en un sitio estéril y desolado, donde fue perdiendo la compostura y apagándose. Cuando finalmente llegó a la luz, es decir, fue publicada, me puse a llorar de alegría, como un padre abrumado por la ternura. ¡Las cosas que experimenta una persona a quien se le ha metido en la cabeza escribir piezas en prosa y enviarlas a toda clase de editores con la esperanza de que estas piezas den satisfacción a sus deseos y correspondan con sus necesidades! Si alguien tuviera la intención de consagrarse a la escritura de piezas en prosa y me pidiera mi opinión, le diría categóricamente que no lo hiciera.

Las diurnas, nocturnas, cómicas, trágicas, melodramáticas, satíricas, decorativas y artísticas piezas que constantemente enviaba resultaban ser inadecuadas la mayor parte de las veces, rara vez o nunca cubrían alguna necesidad o respondían a los deseos de los editores. ¿Pero dejé que la traición de mis expectativas me desalentara? ¡No! Una y otra vez encontré el coraje de producir y distribuir, completar y enviar. Durante diez años llené los cajones y depósitos de la gente, los inundé de provisiones y otros materiales, causando las carcajadas de los Señores Jefes. Colmé los huecos de otra gente con piezas en prosa. Mi mente se aturde cuando lo pienso. Los ministros se agitaban de risa cuando veían llegar mis cargamentos. Atiborré trenes enteros con mis cartas. Y todo fue recibido con gentileza.

Cada vez que con humildad preguntaba si mis pequeñas criaturas estaban bien cuidadas y eran saludables, o incluso si seguían vivas, recibía esta devastadora respuesta: “No es asunto suyo”. Así que sus propios hijos ya no son asunto del padre, y las cosas que mi sudor había producido eran cosas sobre las cuales no tenía el menor derecho de hablar. Una vez me dijeron: “Perdimos sus piezas en prosa en el desorden y el caos. Por favor no se enoje con nosotros y envíenos algo nuevo. Nos gustaría perderlo también, así nos puede mandar algo más. Trabaje duro. Reprima todo mal humor superfluo. Lo lamentamos por usted”.

¿Qué beneficio hubiera obtenido de exclamar que nunca más escribiría ni les mandaría nada? ¿No le daría un lustre adicional a mi reputación de ser el más gentil de los hombres si derrochaba más preciosas piezas nuevas ese mismo día o al día siguiente? A un burro le apilan bultos y bultos encima, y mientras haya ovejas en el mundo los lobos van a tener con qué darse un banquete, pero yo prefiero seguir siendo humilde, quedarme callado y seguir escribiendo, laborioso y diligente, más y más de mis pequeñas prosas. Si alguien tuviera la intención de abocarse a un proyecto como el mío, le aconsejaría que no lo hiciera: le diría que la intención me parece cómica.

Una vez que hemos hecho algo perfecto, con preocupación y cuidado, y una pobre, escuálida, frágil pieza en prosa que pide misericordia es impresa, el autor se confronta con nuevos problemas: el nunca suficientemente estimado público. Prefiriría tratar con quien sea más bien que con la gente que se interesa en los productos de mi pluma. Una vez alguien me dijo: “¿No le da vergüenza presentarse en público con esos mamarrachos?” Así nos agradecen cuando tratamos de ganarnos el pan proveyendo a nuestros prójimos con piezas en prosa. Tengo la intención de adaptarme a todo con alegría mientras no tenga que abrigar falsas esperanzas. Por fin soy libre y me alegro, o si no me alegro al menos me río, o si no me río al menos respiro profundamente, o si no respiro profundamente al menos me froto las manos, y si alguien con ciertas intenciones me pidiera mi opinión, le diría que mejor no, diciéndole lo mismo que le diría a cualquiera que procurara tal información de mí.

No hace falta mencionar que apenas comenzaba la primavera me ponía a escribir una luminosa pieza primaveral, en el otoño una pieza otoñal más sombría, y para navidad una pieza navideña, con tormentas de nieve. En el futuro tengo la intención de evitar tales cosas y no hacer nunca de nuevo lo que vengo haciendo durante diez largos años. Por fin he trazado una firme línea debajo de la columna asombrosamente grande de mis figuras y abandono la persecución de aquello para lo cual no soy suficientemente inteligente. Si tuviera la audacia de enviar crudas e insumisas verdades, emplearía las siguiente palabras: “¿Es que no sabe que apenas si hay libertad donde sea que mire? ¿Que todo el mundo se conforma a todos los demás?”

Las cosas no pintan bien para mí. No hay duda de eso. Antes era fácil. Solía poner este aviso en el periódico: “Hombre joven busca trabajo”. Ahora tengo que decir: “Hombre que ya no es joven sino más bien viejo y extenuado pide misericordia y refugio”. Los tiempos han cambiado, y los años volaron como la nieve de abril. Soy un hombre pobre que ya no es joven y solamente tiene la habilidad de engendrar piezas en prosa, como esta:

“Trote, trote, trote. ¿Qué me pasa? ¿Soy estúpido? ¿Qué va a ser de mí? ¿Me convertiré en un asistente de oficina, o qué? Estoy considerando seriamente la necesidad de hacer algo así. Uno, dos, tres y cuatro, cinco y seis. Entre el momento en que me despierto y el momento en que me duermo escucho una voz que dice eso y parece que fuera a continuar para siempre. Oh, lancé un grito entonces, y más que nunca fui consciente de la suma total de mi pequeñez. No, una persona no es grande, es pequeña y desamparada. Bueno eso es todo.”

Les envié “Trote, trote, trote” a veintiún o treinta y ocho editores con la esperanza de que fuera a satisfacer alguna necesidad, pero veintiuna y treinta y ocho veces esta esperanza se reveló infundada, y esta pequeña pieza gótica no encontró una recepción favorable en ninguna parte. Entre treinta y cuarenta superiores se negaron a aceptar esta pieza incuestionablemente superlativa: la rechazaron con la mayor firmeza y me la enviaron de nuevo.

Uno de estos dictadores me escribió: “Mon dieu, ¿en qué estaba pensando?” Otro opinó: “Ay, por qué no le pasa su breve cuento de hadas a La noche veneciana. Estoy seguro de que van a estar tremendamente contentos de recibirla. En cuanto a nosotros, le pedimos que nos exima de otros trotes, trotes, trotes”. Así que envié “Trote, trote, trote” al recién mencionado periódico, que me respondió con delicadeza lo siguiente: “Ay, ojalá hubiera usted comprendido que esta encantadora pieza no nos conviene para nada”.

“Si uno no tiene éxito al principio”, pensé, y envié la pieza a Cuba. No parece que les interese. Creo que lo mejor para todos sería que me sentara en un rincón y me quedara callado.

Pavlova en México

Hipotética música compuesta por el compositor Julián Carrillo para una danza de la rusa Anna Pavlova en la Ciudad de México en el año de 1919 (con fondo sonoro de Carlos Amorales).

Hypothetic music composed by the Mexican Julián Carrillo for a dance of the Russian ballerina Anna Pavlova in Mexico City, circa 1919 (with a sonic background by Carlos Amorales).

Envidia / Envy

La mesa de la sala verde de reuniones del Comité de Seguridad Pública, en Paris, en 1793, era ovalada. No nos sorprende: lo esperábamos. Desde entonces, el comité se puso a condenar: más de mil, muchos más de mil, guillotinados lejos del centro de la atónita ciudad, para que la sangre no infectara el agua que no había otro remedio que beber. Otros, muchos años después, nos hablarían de eventos y perturbaciones de un orden opresivo, pero alrededor de esa mesa se sentaban hombres simples y asustados.

Así fue que fui dejando de creer en la cosas que creía. ¿Y qué me puse a creer? Creí que era cierto que las tropas revolucionarias vencieron en la batalla de Fleurus gracias a la información que consiguieron los observadores que habían hecho levitar en un globo aerostático, el primero: desde allí, por encima de los árboles, pudieron evaluar la trayectoria del ejército de Austria. Creí también (y sigo creyendo) que el rasgo más lamentable de mi carácter es una fuerte propensión a la envidia. Esta creencia, continuamente confirmada, me ha llevado a abandonar casi completamente el oficio de crítico: sospecho que la severidad de mis observaciones se debe a esa propensión y es, por lo tanto, injusta.